LOS 10 MANDAMIENTOS SEGÚN LA BIBLIA REINA-VALERA 1960


Los 10 mandamientos en orden según la Biblia Reina-Valera 1960, son: (1) No tendrás dioses ajenos delante de mí, (2) No te harás ídolos, (3) No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano, (4) Acuérdate del día de reposo para santificarlo, (5) Honra a tu padre y a tu madre, (6) No matarás, (7) No cometerás adulterio, (8) No hurtarás, (9) No dirás falso testimonio contra tu prójimo, y (10) No codiciarás la casa de tu prójimo. 

Estos mandamientos establecen una relación fundamental con Dios y las bases de la convivencia humana. 

Mandamientos y su Significado en la Biblia Reina-Valera 1960

Citas: Éxodo 20:1-17; Deuteronomio 5:1-21.

1. No tendrás dioses ajenos delante de mí

Debes adorar únicamente a Jehová, sin rendir culto a otros dioses o ídolos.

2. No te harás imagen, ni te inclinarás a ellas

No debes crear imágenes para adorarlas ni honrarlas.

3. No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano

Usa el nombre de Dios con reverencia y no para mentir, maldecir o jurar falsamente.

4. Acuérdate del día de reposo para santificarlo

Dedica el séptimo día para el descanso y el culto a Dios. Los otros seis días son para el trabajo.

5. Honra a tu padre y a tu madre

Respeta y honra a tus padres para tener una vida larga y próspera.

6. No matarás

No quitarás la vida a nadie. Lo que el mandamiento condena es el cometer asesinato (muerte premeditada de alguien), no es acerca de la muerte accidental de alguien ni es en contra de la pena capital.

7. No cometerás adulterio

Este mandamiento protege la fidelidad y el compromiso en el matrimonio.

8. No hurtarás

No robarás las propiedades ni los bienes de otros. Se relaciona con el respeto por las posesiones ajenas.

9. No dirás falso testimonio contra tu prójimo

No mentirás ni darás testimonios falsos que puedan perjudicar a tu prójimo.

10. No codiciarás la casa de tu prójimo, ni su mujer, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo

No desearás o codiciarás lo que pertenece a otras personas.

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El término Diez Mandamientos nunca se encuentra en el Nuevo Testamento. Sin embargo, nueve de los Diez Mandamientos de Éxodo 20:1-17 se repiten en el Nuevo Testamento de una forma u otra. El único que no se repite en el Nuevo Testamento es el cuarto, el de la observancia del sábado.

Al resumir nuestras responsabilidades morales con los demás, el Señor Jesús repite cuatro de los Diez Mandamientos al joven gobernante en Marcos 10:17-19. Pablo hace referencia al Decálogo varias veces en sus epístolas. A veces, cita explícitamente algunos de los mandamientos, como en Romanos 13:9. Otras veces, los menciona implícitamente, como en 1 Timoteo 1:8-10: 

“Pero sabemos que la ley es buena, si uno la usa legítimamente; conociendo esto, que la ley no fue dada para el justo, sino para los transgresores y desobedientes, para los impíos y pecadores, para los irreverentes y profanos, para los parricidas y matricidas [5º y 6º mandamientos], para los homicidas [6º mandamiento], para los fornicarios, para los sodomitas [7º mandamiento], para los secuestradores [8º mandamiento], para los mentirosos y perjuros [9º mandamiento], y para cuanto se oponga a la sana doctrina” (1 Ti 1:8-10).

Así pues, las directrices morales plasmadas en los Diez Mandamientos se repiten para nosotros, aunque estemos libres de la letra de la ley.

He aquí los Diez Mandamientos y dónde se encuentran en el Nuevo Testamento:

1) No adorar a ningún otro dios (1 Co 8:6; 1 Ti 2:5)

2) No tener ídolos (1 Jn 5:21)

3) No blasfemar el nombre del Señor (1 Ti 6:1)

4) Acuérdate del día de reposo y santifícalo. Hay muchas referencias al día de reposo en el Nuevo Testamento, incluyendo la suposición de que los judíos bajo la ley en el tiempo de Cristo guardarían el día de reposo. Pero no hay ningún mandato directo o indirecto para que los creyentes en la era de la iglesia observen el día de reposo como día de descanso o de adoración. De hecho, Colosenses 2:16 libera al creyente de la regla del día de reposo. Jesús, el Señor del día de reposo, se ha convertido para nosotros en nuestro reposo (He 4:1-11).

5) Honra a tu padre y a tu madre (Ef 6:1-2)

6) No matarás (Ro 13:9; 1 P 4:15)

7) No cometerás adulterio (1 Co 6:9-10)

8) No robarás (Ef 4:28)

9) No darás falso testimonio (Ap 21:8)

10) No codiciarás (Col 3:5)

La ley del Antiguo Testamento definió el pecado (Ro 7:7) y nos hizo conscientes de él (Ro 3:20). El Señor Jesús cumplió perfectamente la ley en nuestro favor (Mt 5:17). Cuando Jesús murió en la cruz, puso fin a la ley ceremonial del Antiguo Testamento (Ro 10:4; Gl 3:23-25; Ef 2:15). Cristo precipitó una transición entre el Antiguo Pacto y el Nuevo. Él es, de hecho, quien ratificó el Nuevo Pacto. 

El Señor Jesús vino a cumplir lo que la Ley anticipaba y a dar paso a un nuevo pacto y a una era fundamentalmente nueva de la historia. Sus seguidores no estarían bajo la administración ceremonial anterior que había protegido al pueblo de Dios desde Moisés. Jesús mismo dice que no vino a abolir la Ley y los Profetas, sino a hacer algo aún más sorprendente: Cumplirlos (Mt 5:17). Es decir, cumplirlos como realidad interior. No simplemente mantener los Diez en su lugar, o permanecer bajo ellos, o dejarlos intactos, sino cumplirlos, primero en Su propia persona y luego por Su Espíritu en Su escogidos. No vino a desechar a Moisés, sino a cumplir a Jeremías, y al hacerlo, logró algo aún más radical: Establecerse a sí mismo como la autoridad suprema, poner la ley de Dios dentro de los corazones de Sus discípulos, y no en tablas; escribirla en sus corazones, no en piedra; y hacer que todo Su pueblo la conociera (Jer 31:31-34).

Los cristianos no están bajo la ley ceremonial de Moisés, sino bajo la ley de Cristo (Gl 5-6). Debemos amar a Dios y amar a nuestro prójimo (Mt 22:36-40). Si vivimos en el Espíritu, haremos precisamente eso. No violaremos el carácter moral de Dios contenido en los Diez Mandamientos. Seguir los mandamientos son formas obvias de amar a Dios y amar a los demás. Y tendremos el fruto del Espíritu, “contra tales cosas no hay ley” (Gl 5:23). En otras palabras, las cualidades que el Espíritu Santo produce en nuestras vidas se ajustan perfectamente a la ley de Dios y muestran Su carácter santo.

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