Proverbios 28:1
“Huye el impío sin que nadie lo persiga; Mas el justo está confiado como un león” (Pr 28:1).
Una buena conciencia es un don precioso. Su valor es inconmensurable. Sin una buena conciencia, miras nerviosamente a tu alrededor para ver quién está a tu acecho. Con una buena conciencia, no temes ningún mal. Puedes enfrentarte a cualquier persona. ¿Por qué tener miedo? Sabes que eres justo; sabes que el Señor está contigo.
¡Qué gran diferencia entre los hombres! El pecado hace cobarde al pecador. El impío teme hasta a su propia sombra y huye de ella. Teme el juicio en este mundo y en el venidero, al igual que los ángeles condenados (Mt 8:29). El Dios santo atormenta su alma con dudas y temor sin cesar (Job 15:20-25).
Imagina enemigos que se esconden en las sombras y escuchan tras las paredes. Su corazón teme que este sea el momento en que será atrapado y expuesto, castigado y juzgado. Trata de ahogar su conciencia con ruido, buenas obras, actividad, religión falsa, alcohol o drogas.
El justo no teme nada. La piedad hace valeroso a un hombre con buena conciencia. Es como un león intrépido, que no se aparta de nadie (Pr 30:30; Nm 23:24; Is 31:4). Es capaz de dormir a la intemperie con la misma facilidad que en un matorral, por su gran confianza y audacia en la protección de Dios sobre él.
El denuedo se te ofrece. ¿Lo quieres? No dejes este proverbio hasta que lo asimiles. Una buena conciencia te hará audaz, fuerte, valeroso. No le temerás a nada. El Señor será tu espada y tu escudo. Ningún enemigo se parará frente a ti. Ningún juicio te expondrá ni te condenará. ¡El denuedo es tuyo!
El Señor puso una vela en cada ser humano para que escudriñe y juzgue sus pensamientos y acciones (Pr 20:27). Se llama conciencia. Esta luz interna de Dios juzga las acciones de cada persona como malas, o las excusa como buenas (Ro 2:14-15; 1 Co 2:11). El Señor te perseguirá con este temible enemigo dentro de ti, si pecas contra Él (Lv 26:17,36; Sal 53:5).
Cuando los malvados fariseos tentaron al Señor Jesús, trayéndole una mujer sorprendida en adulterio, Él les dijo que el que estuviera libre de pecado arrojara la primera piedra (Jn 8:1-11). Desde el más viejo hasta el más joven, su conciencia los condenó hasta que dejaron solos al Señor y a la mujer.
¿Podría David haber enfrentado a Goliat con una conciencia culpable? ¿Cómo? Con el pecado en su conciencia, no habría tenido confianza en la liberación de Dios, sino una temerosa expectativa de juicio. Como tenía una buena conciencia ante el Señor y los hombres, no habría temido aunque todo el ejército filisteo lo hubiera combatido (Sal 3:6; 27:1-6; 46:1-5).
Los grandes santos de la Biblia, los grandes hombres de Dios, tuvieron todos una buena conciencia. Así fue como pudieron pararse audazmente en el poder de Dios ante cualquier enemigo o circunstancia (Sal 112:7). No temían a ningún hombre. Sabían que, si los juzgaban, no les podrían acusar de nada malo justamente. No había debilidad en su fe; sabían que el Señor estaba con ellos, no contra ellos (Is 26:3-4).
Pablo fue a juicio sin temor de que alguien pudiera acusarlo de ser un malhechor (Hch 23:1). Ninguna amenaza de peligro lo hizo titubear jamás (Hch 20:24). Daniel y sus tres amigos no temieron las amenazas de muerte contra ellos (Dn 3:16-18; 6:10). Y Moisés no temió la ira del rey (He 11:27). Estas son solo algunas de las hazañas realizadas por aquellos que tenían una buena conciencia y conocían a su Dios (Dn 11:32).
Pero Caín, el profano asesino de su hermano, se llenó de un terror mórbido ante el peligro invisible (Gn 4:13-15). Respondió como su padre, Adán, quien tembló de miedo entre los árboles del Jardín, cuando el Señor sólo lo llamó por su nombre (Gn 3:9-10). La conciencia de los hermanos de José todavía los atormentaba más de veinte años después de venderlo como esclavo (Gn 42:21). Pero José, aunque acusado falsamente y condenado por intento de violación, podía presentarse valientemente ante Faraón y su padre como salvador de Egipto y de su familia. ¡Gloria!
¿Escuchas el mensaje? ¡Aprovecha la oportunidad que se te da! Lava tu conciencia en la sangre del Cordero y mantenla limpia, pura, confiada y audaz. No la eches a perder jugando con el pecado, incluso con los pecados secretos, incluso con el pecado en tus pensamientos. La vela del Señor no pasa por alto los pecados secretos de pensamientos lujuriosos y fantasías impuras. Te condenará y robará tu confianza desde adentro hacia afuera, mientras tratas de poner una fachada de rectitud y audacia en el exterior.
Marido. Una conciencia contaminada arruinará tu matrimonio. Enfrentar a un cónyuge, hablar con un hermano o disciplinar a los hijos será diferente con el pecado en tu conciencia. Sofocará tu vida espiritual, porque le estás ocultando un secreto a tu Amigo más cercano. Los sermones se volverán temibles e irritantes en lugar de edificantes, porque estarás seguro de que el predicador está hablando acerca de ti y te está acosando. Un padre hipócrita o pecador tendrá dificultades para disciplinar a sus hijos, porque sabe que ellos son más justos que él.
Si no eres tan confiado y audaz como deberías ser, humíllate ante tu gran Dios ahora, y confiesa y repudia tus pecados.
“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Jn 1:9).
Y por su Espíritu y gracia Dios puede restaurar tu conciencia y valor. Hazlo ahora. No dejes escapar esta oportunidad ante el Señor.
David escribió:
“Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno” (Sal 139:23-24).
Lee también el Salmo 19:12-14.
Siguiendo el ejemplo de David y Pablo, ejercítate en tener siempre una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres (Hch 24:16). Comienza ahora a ejercitarte hacia esa meta, mediante la oración y el autoexamen ante el trono de Dios.
Esta gran posesión puede ser tuya. Tienes más conocimiento del Señor Jesucristo y del perdón de los pecados que cualquier santo del Antiguo Testamento. Puedes presentarte confiadamente ante Dios con plena certidumbre de fe (He 10:22), y mediante la fiel obediencia a Él por medio de Jesucristo, puedes tener una confianza gloriosa (I Jn 3:18-22). El bautismo en agua, dice Pedro, es la aspiración de una buena conciencia hacia Dios por la resurrección de Jesucristo (1 P 3:21).
Durante los últimos dos mil años, los verdaderos discípulos del Señor Jesucristo han sido los hombres y mujeres más grandes de la tierra. Sus conciencias puras, buenas, y sus vidas santas, les han dado gran audacia y confianza para enfrentar el tormento, la persecución y la muerte a manos de los enemigos de Dios. Viendo estos el denuedo de los mártires, les reconocen como los que han estado con Jesús y han experimentado el poder de Su resurrección (Hch 4:13). Han visto en sus rostros inconmovibles la fe sobrenatural de los que responden:
“Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Ro 8:31).
Ningún hombre jamás habló y vivió como el Señor Jesús (Jn 7:46). Ningún hombre ha tenido jamás una conciencia más libre de mancha de pecado que Él. Es esta buena conciencia la que le dio el valor, cuando llegó el momento de Su muerte en Jerusalén, para afirmar Su rostro en esa dirección (Lc 9:51). Su valor en todo momento fue sorprendente: hizo que Pilato mismo se maravillara de Él (Mr 15:5). ¿Por qué hablar en un juicio injusto? Sabía que era inocente y sabía que Dios estaba con Él.
¿Crees en el Hijo de Dios? Su sangre puede lavar tu conciencia y emblanquecerla de todos tus pecados porque Él es “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Ap 7:14;12:11). Él dice: “al que a mí viene, no le echo fuera” (Jn 6:37).
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