Proverbios 28:12
“Cuando los justos se alegran, grande es la gloria; Mas cuando se levantan los impíos, tienen que esconderse los hombres” (Pr 28:12).
He aquí un proverbio sobre ciencias políticas. ¿Por qué a los hombres buenos a veces se les llama la “mayoría silenciosa”? ¿Qué hace que ciertos hombres sean abiertos y públicos en ocasiones, y casi desaparezcan en otras? ¡La clave es el gobierno actual! Si un gobierno recto está en el poder, los hombres buenos se regocijan con gran gloria por la bendición de un estado libre y noble. Pero cuando los impíos dominan, los justos se apartan.
Recuerda, el libro de Proverbios fue inicialmente un manual de capacitación para el hijo de Salomón, quien sería el próximo rey de Israel. Por lo tanto, hay varias observaciones de Salomón sobre el gobierno civil y la política pública. Un gobernante sabio hará que los justos del pueblo se regocijen y se manifiesten, pero un gobernante impío hará que estos mismos ciudadanos se retiren a la privacidad de sus asuntos personales.
Como con muchos de los proverbios de Salomón, aquí se contrastan dos cláusulas. Al comparar las dos cláusulas, se puede completar el sentido de cada una. Los proverbios no son siempre declaraciones obvias de sabiduría, muchas veces son dichos enigmáticos que requieren interpretación (Pr 1:6; Jn 16:29). Es este significado oscuro lo que los hace desafiantes, intrigantes y poderosos.
La clave del proverbio es “cuando se levantan los impíos”, en la segunda cláusula, que describe la ganancia política y la popularidad de los gobernantes impíos (Pr 11:10; 28:28; 29:2). Durante tiempos peligrosos, “tienen que esconderse los hombres”. ¿Qué tipo de hombres se esconden? Los “justos” de la primera cláusula, que se habían regocijado con gran gloria bajo un gobierno recto. Se retiran de la vista pública a la tranquilidad y protección de sus vidas privadas.
Es una gran gloria para una nación cuando tiene un gobernante recto que defiende y promueve la justicia (Pr 14:34; Sal 33:12; 144:15). Considera al Rey Asuero decretando protección para los judíos en el Imperio Persa (Est 8:17). Y ninguna nación ha tenido más alegría y gloria como la tuvo Israel bajo los gobiernos de David y Salomón (1 R 4:20; 1 Cr 12:38-40; 2 Cr 7:8-11).
Pero cuando un gobierno promueve a los impíos, ocurre lo contrario. Cuando Asuero promovió a Amán y firmó su plan de genocidio, “la ciudad de Susa estaba conmovida” (Est 3:15). Los hombres piadosos toman la decisión prudente de retirarse de la vista pública para evitar la ira de los impíos contra la justicia y la verdad (Sal 9:17; Jue 6:11; 1 R 18:3-4; Mt 2:13-15). Se ven obligados a esconderse porque el Señor dice que el mundo no es digno de ellos (He 1:38).
El Imperio Romano, y luego la Iglesia Católica, se combinaron para perseguir a las iglesias y los santos de Jesucristo. Millones fueron torturados y asesinados por este reino bestial. Los santos de Dios encontraron seguridad escondiéndose en lugares desiertos en Asia, África del Norte, Italia, Francia, Bohemia y Gales (Dn 7:15-28; Ap 12:13-17; 13:1-18; 17:1-18).
El hecho de que no puedas ver muchos justos cuando los gobernantes impíos están en autoridad no significa que no haya ninguno. Han optado por retirarse en lugar de exponerse al riesgo de persecución y a los vientos políticos predominantes. Elías una vez pensó que él era el único justo que quedaba en Israel bajo el reinado de Acab y Jezabel, pero Dios le aseguró que tenía 7.000 justos cuyas rodillas no se doblaron ante Baal, y cuyas bocas no lo besaron (1 R 19:18; Ro 11:4).
Todos los días el mundo impulsa legislaciones, y a la opinión popular, en contra el cristianismo bíblico. Continuamente se están redactando leyes para clasificar la predicación bíblica como un crimen de odio. Se permite el Corán, pero no la Biblia ni la oración cristiana en lugares públicos. Los cristianos se esconden educando a sus hijos en casa o en escuelas cristianas privadas, evitando la discusión pública de la moralidad y la justicia bíblicas, buscando mudarse lejos de las grandes ciudades, aislándose de la interacción con incrédulos y no involucrándose en la política. Esta tendencia le puede costar a una nación sus mejores ciudadanos, pero ejemplifica el proverbio.
El único lugar donde el pueblo de Dios puede verdaderamente regocijarse es en el Monte de Sion, la ciudad del Dios viviente, la Jerusalén celestial (He 12:22-24). Allí los santos pueden poner su confianza en Jesús su rey, quien es el bendito y único Soberano, y quien los salvará de todos sus enemigos con salvación eterna (Jer 30:9; Os 3:5).
“Porque no os habéis acercado al monte que se podía palpar...sino que os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel” (He 12:18a,22-24).
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