Proverbios 29:4
“El rey con el juicio afirma la tierra; Mas el que exige presentes la destruye” (Pr 29:4).
La prosperidad y la seguridad de una nación dependen de líderes justos, que prudentemente tomen decisiones con equidad. La caída y ruina de una nación es segura cuando sus líderes son corruptos, influenciados por favores y coimas. Aquí Salomón advierte a su hijo contra la corrupción en un cargo de liderazgo, especialmente al aceptar sobornos, para que él no sea la causa de la destrucción de la nación. Toda clase de líderes deben prestar mucha atención a este proverbio para actuar con total rectitud.
Un líder debe tener un carácter excepcional, o no corresponde a su cargo. Debe estar tan dedicado a la integridad moral que no pueda ser comprado por ningún precio. Su carácter debe ser tan fuerte como para castigar cualquier intento por comprometer la justicia, la misericordia o la verdad. Debe ser noble, muy por encima de sus pares, con un odio intrépido y comprometido contra el mal. Debe tener un motivo justo en todo momento: Tomar todas las decisiones basadas en la justicia y la sabiduría.
El temor de Jehová es la única base para un gran liderazgo. Los líderes tienen una obligación con la justicia muy por encima de cualquier deber o deseo hacia los hombres. El temor al hombre es una trampa (Pr 29:25), y también el amor a los obsequios (Is 1:23). La tentación no debe alcanzar a los grandes líderes. Ellos deben velar por cumplir su función de tal manera que agraden a Dios.
Jetro, por inspiración de Dios, describió a tales líderes como ayudantes para Moisés. Expuso sus requisitos de esta manera:
“Además escoge tú de entre todo el pueblo varones de virtud, temerosos de Dios, varones de verdad, que aborrezcan la avaricia; y ponlos sobre el pueblo por jefes de millares, de centenas, de cincuenta y de diez” (Éx 18:21).
Los “varones de virtud” necesitan poca ayuda de los demás—pueden analizar problemas y tomar decisiones sabias por sí mismos. Los “varones de virtud” temen a Dios, y tienen el motivo más elevado para usar su posición solo para el bien. Los “varones de virtud” odian a los mentirosos y cualquier distorsión de la verdad. Odian la avaricia y, por lo tanto, no pueden ser comprados.
Tales hombres son extremadamente escasos, siendo solo el Señor Jesucristo el ejemplo de un líder perfecto (Sal 45:1-7). Aunque David fue un buen rey, confesó abiertamente que ni él ni su familia tenían tales virtudes. Él profetizó del Señor:
“El Dios de Israel ha dicho, me habló la Roca de Israel: Habrá un justo que gobierne entre los hombres, que gobierne en el temor de Dios” (2 S 23:3).
Y el efecto de tal líder será glorioso, como también escribió David:
“Será como la luz de la mañana, como el resplandor del sol en una mañana sin nubes, como la lluvia que hace brotar la hierba de la tierra” (2 S 23:4).
Estos hermosos símiles presentan la imagen gloriosa y próspera de cómo un líder justo beneficia a un pueblo.
David había visto el gobierno transgresor y malvado de su predecesor, el rey Saúl. Sabía de primera mano cómo un gobierno así había sacudido la seguridad y la esperanza de la nación. Lo describió como la destrucción de los cimientos, la disolución de la tierra y sus habitantes, y el desmoronamiento de todos los cimientos de la tierra (Sal 11:3; 75:3; 82:5). David usó un Salmo completo para advertir del juicio de Dios sobre los funcionarios corruptos (Sal 82:1-8).
Es una pena que hoy en día sea considerado normal que existan cabilderos (lobistas)—personas o entidades remuneradas que buscan influir en las decisiones de autoridades, funcionarios públicos, legisladores o agencias gubernamentales, y en la creación de políticas públicas o leyes que favorezcan sus intereses particulares.
Es una vergüenza cuando los presidentes perdonan a criminales como favores a amigos o simpatizantes. Es una pena cuando cualquier conflicto de intereses influye en las decisiones de los líderes. Si un alto funcionario de gobierno hace acepción de personas personas por cualquier tipo de interés, ha comprometido la justicia por un bocado de pan (Pr 28:21).
La lección se aplica a toda clase de líderes. La justicia y la verdad son más importantes que cualquier otra cosa. Los jefes deben ser justos y rectos en el trato con los empleados (Ef 6:9; Col 3:16). A los ministros se les prohíbe cualquier trato preferencial o parcial en su oficio (1 Ti 5:21), y su integridad debe ser probada antes de asumir el cargo (1 Ti 3:10). Y los maridos y los padres también deben ser justos (Sal 103:13; Mal 2:10-16; Col 3:19-21; 1 P 3:7).
Cuando el buen juicio, la equidad y la verdad se exaltan en la posición más alta de autoridad en una nación, el ejemplo justo afecta a toda la nación. Maestros, padres, maridos y pastores seguirán el ejemplo de su líder. La sabiduría prevalecerá en público y en privado, cuando se dé un noble ejemplo desde el más alto cargo.
Un líder que viola este proverbio no pierde su autoridad, porque aún debe ser obedecido (Pr 24:21-22; Jer 27:1-17; Mt 22:15-22; 23:1-3; Ro 13:1-7; 1 P 2:13-17). Pero es deber de los cristianos orar por todos los que están en eminencia para que Dios fortalezca o anule su carácter para que ejerzan su función con justicia e integridad (1 S10:1-12; Neh 2:1-6; Est 4:13-17; Jer 29: 1-7; 1 Ti 2:1-3). También deben orar en espera de la aparición del Rey de reyes (1 Ti 6:13-16).
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